La espera
Sylvie Loy
Yo era joven. Entre un niño y un adolescente. En mi interior se debatían la inocencia de los sentimientos y la ambición amorosa. Estaba enamorado de ella. Ella lo sabía y aprovechaba la situación. Por supuesto. Miradas lánguidas, muecas traviesas, bromas tiernas, cosquillas amables. Eran las primeras emociones fuertes, promesas de un amor auténtico, quizás hasta trágico.
Un amor que debíamos vivir a toda costa.
De manera que un día se lo pregunté. Si quería que saliéramos. Su mirada se hundió en la mía y me atravesó el cuerpo, el corazón y el alma. Después se rio un tanto fuerte, pero con una risa forzada que se esfumó en el aire sin tocarme. Sin decir ni una palabra, tomó su agenda, rasgó una hoja, escribió algo en ella, la dobló en cuatro y me la dio.
En ese momento, por fin me habló. Me dijo que su respuesta cabía en ese papel, que la había escrito con el corazón y que nunca cambiaría de opinión.
Dicho esto, me dio un beso en la mejilla, tomó su mochila y se dirigió al aula de clase. Sonó el timbre. La seguí con la mano cerrada aferrada al papel. Su respuesta a mi amor. La verdad sobre mi destino. Apretaba tanto el papel que por momentos me parecía que estaba vivo: los latidos de mi corazón vibraban al unísono en el hueco de mi mano y en ese pequeño trozo de agenda.
Sin embargo, quería conocer la respuesta en las condiciones ideales. Mi primera carta de amor. ¡Qué ilusión! Así que esperé a que se presentase el mejor momento. Durante una semana, guardé conmigo el valioso papel. Lo olí y lo acaricié tratando de adivinar su contenido, soñé con sus palabras de amor.
Durante la espera, mis dedos temblaron, mi corazón se desató, mis sueños me dieron alas, mi amor me transfiguró. Estaba feliz, estaba enamorado y confiaba: esperaba.
Un día, por fin abrí el papel. Lentamente. Sobre la superficie ligeramente arrugada todavía se podía leer su escritura. Estaba sentado sobre una piedra, con la bicicleta arrojada a mis pies, en la colina, lejos de los demás. Podía ofrecerme el lujo de ser yo: un enamorado perdido. Después de leer lo que decía su carta, lloré. Lloré sobre su carta de una sola palabra.
No.
Había escrito «No». Ese «no» lo decía todo sobre su rechazo. Rechazo de mí, por mí y hacia mí. Sentado sobre la piedra caliente al sol, cubriéndome con las manos el rostro inundado por las lágrimas, empecé a sentir frío. Me estaba muriendo lentamente. Instantes después, casi naturalmente, sentí que la sangre me volvía a circular por las venas, por el corazón y por el cuerpo. Estaba volviendo a la vida con la certeza de que, por primera vez, había rozado la felicidad.
Durante la espera, había soñado.